En la soledad de la caída. Parte I

En la soledad de la caída. Parte I

Ahora os contaremos una historia… Mi cuerpo se estrelló súbitamente contra el asfalto a treinta y cinco kilómetros por hora, como meses más tarde descubrió mi ciclo-computador. Sentado en el asfalto, rodeado por una sensación de soledad que hasta ese preciso momento jamás había sentido, me descubrí con todo el lado izquierdo de mi cuerpo desgarrado por el ruin asfalto; el culote y el maillot, única protección entre mi cuerpo y la carretera, habían quedado reducidos a jirones, dejando al descubierto en gran parte mi maltrecho cuerpo.
Paisaje de las cumbres Gran Canarias

Paisaje de las cumbres Gran Canarias

El casco cumplió su cometido final, y lejos de ser un complemento estético solamente, se interpuso entre mi cabeza y el suelo. Aquello le costó su vida… y se partió en dos. En un patético intento de poner algo de cordura en esta precaria situación en la que me encontraba, mi cerebro intentaba administrar el dolor, organizaba, pero no era capaz de asimilar la avalancha de señales que le enviaba mi cuerpo. Sin embargo, había una pregunta que no paraba de rebotar en mi conmocionada cabeza ¿Por qué me encontraba en aquella situación? Esa respuesta habría que buscarla unas horas antes… Siempre me pareció más atractivo escalar que llanear; me resulta más fácil retorcerme sobre la bicicleta que adoptar la postura fija y natural de la gente que prefiere llanear. Probablemente porque me muestro del todo inútil en ese arte… bueno, un poco en los dos. Con esa premisa era muy fácil caer en la tentación, residiendo en Canarias, de hacer una intentona de subir al Pico de las Nieves, por su vertiente más dura, que adopta el nombre del pueblo donde empieza la tortura ciclista. Hablar de La Pasadilla sería un poco más largo, y eso será en otro post; valdrá con decir de momento que, durante varios kilómetros, si el suelo está un poco húmedo, simplemente del rocío matinal, es imposible subir porque las ruedas resbalan del descomunal desnivel. Todos los años se organiza una cronoescalada internacional con bastante éxito de participación.

Vista desde la cumbre de Gran Canaria.

Vista desde la cumbre de Gran Canaria.

Precisamente, harto de dar pedaladas, sin motivación, este pasado año 2013 decidí entrenar con más criterio y preparar aquella crono a conciencia para hacer un papel digno para un “piernas” como yo. El intento había sido bueno, comenzaba a vislumbrarse el otoño, todavía me quedaban un par de meses para entrenar y había llegado a la cima mejorando mis humildes tiempos de subida. Complacido, ahora contemplaba la majestuosa vista que desde allí se puede admirar: a la izquierda, la zona sur de Gran Canaria con sus playas y sus tonos más amarillentos; de frente, la abrupta tempestad terrestre, sus innumerables barrancos, con un colorido mucho más verde propio de la vertiente norte de la isla; y en el centro, a lo lejos, de entre las nubes, el omnipresente Teide sobresaliendo en el horizonte, cual faro vigilante; todo esto aderezado por la inigualable paleta de colores Made in Canarias. (Si venís a visitarnos, no os quedéis sin contemplar semejante espectáculo). Miré el reloj, era pronto. “Mi familia estará en la playa”, me dije, “podría permitirme el lujo de hacer un descenso tranquilo y relajado, deleitándome en la suerte”. Hay que decir que los descensos, en general en las islas, son en su mayoría muy técnicos debido, lógicamente, a la orografía del terreno. Las carreteras de las cumbres no tienen arcén y el asfalto está bastante deteriorado, bueno, por lo menos en el tramo por el que había decidido volver a mi casa. A todo esto, por supuesto, hay que sumarle que, aunque con poco tráfico, los coches que circulan en estas zonas de montaña marchan más lentos que un ciclista experimentado sin dar pedales. No fue el caso. Ese día no había prisa por llegar a casa, las niñas no estarían esperando tras la puerta, reprochándome mi marcha; podría hacer estiramientos sin tener que agarrar el mocho al entrar en casa y hasta ducharme como un señor…

“los descensos, en general en las islas, son en su mayoría muy técnicos debido, lógicamente, a la orografía del terreno”

Esos pensamientos rondaban mi cabeza mientras trazaba una curva cerrada a la izquierda que enlazaba con otra a la derecha. Y de repente, un rugido atronó en el barranco, un grupo de motoristas competían en despropósitos. Apareció el primero frente a mí, subían a la cumbre y pasaron a mi altura, serían diez o doce, en fila de a uno, en realidad nada que decir sobre ellos, pasaron a mi altura guardando las distancias e iban por su carril, si no hubiera sido por que subían a cien kilómetros por hora ni tan siquiera hubiera reparado en ellos…

Pico de las Nieves

Pico de las Nieves

Pero reparé. Acababa de rebasar una curva peligrosa y supuse que alguno de ellos se vería en serias dificultades, así que giré la cabeza hacia atrás para comprobarlo, un instante, décimas de segundo… Fue un fotograma, una imagen que se fue directamente a mi disco duro de memoria, para no salir de allí nunca más. Al volver la vista al frente, la rueda de mi bicicleta se había salido de la calzada, no hubo nada que hacer, ni que rezar, no dio tiempo. A veces oigo conversaciones sobre que “hay que saber caer”; nada más lejos de la realidad. Cuando te sobreviene un accidente como este no te queda ni la pataleta de decir que puedes poner las manos para evitar daños mayores… (Retomo el comienzo de la historia).

“Al volver la vista al frente, la rueda de mi bicicleta se había salido de la calzada”

Todo se tornó en desastre. Pasado el tiempo y siendo buen conocedor de la carretera, todavía hoy no sé exactamente donde tuve el accidente. El dolor inundó mi cuerpo y me encontré tirado en el asfalto en mitad de la carretera, gimiendo, aunque lo que me pedía el cuerpo era llorar. Y me sentí solo, desnudo, como cuando llegamos al mundo, nunca me había sentido tan frágil y asustado, muy asustado, como un niño perdido. Ni tan siquiera me preocupé de mi flaca, bastante tenía conmigo; por cierto, salió ilesa (se ve que la fibra de carbono absorbe mejor los golpes que el cuerpo del ciclista). Apareció un ángel de la guarda, disfrazado de conductor de furgoneta que, impactado por el accidente, se prestó a llevarnos (a mí y a la flaca) al centro de salud más cercano; ese tipo de ángeles anónimos me hacen pensar que un mundo mejor es posible….                                         continuará

Fuente: Pedaleandoporcanarias.com

En la soledad de la caída. Parte II

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