En la soledad de la caída. Parte II

 Despues de dos semanas

Después de dos semanas

No recuerdo con exactitud lo que pasó desde la caída hasta mi llegada al centro de salud, sólo que me asustó más ver la cara del muchacho que me socorrió que la propia visión de mi cuerpo ensangrentado. Supongo que aquel hombre no se había visto envuelto en una situación así en su vida y que, como yo, disfrutaba de una placentera mañana de festivo sin más turbación que sus quehaceres diarios. Sea de la manera que sea, el caso es que aquél ángel en cuestión, supongo que al ver cuál era mi estado, prefirió meterme en su coche y bajarme por sus propios medios al centro sanitario que dejarme en la carretera tirado esperando que llegase la ambulancia, cosa por la cual le estaré siempre agradecido.

Ya en el ambulatorio, tras una primera evaluación de los daños, el personal sanitario del centro me hizo las primeras curas y comprobaron que, aunque maltrecha, mi vida no corría peligro.

En codo, tobillo y rodilla tenía la piel completamente desgarrada. Es más, había desaparecido completamente. Su lugar fue tomado por sendas hemorragias y, por supuesto, inflamaciones que crecían a un ritmo desbocado.

Sin embargo, no podía dejar de gemir, y lo que realmente me tenía preocupado eran la cadera y el hombro. La cintura me dolía con locura y me aterraba la idea de tenerla rota. He conocido procesos de este tipo y la recuperación es larga, tortuosa y a veces, dependiendo del grado de rotura, deja graves secuelas. El hombro, directamente, no lo podía mover. En alguna ocasión, compañeros de este deporte se han visto envueltos en alguna caída y he podido comprobar de primera mano lo que son clavículas rotas. Pero la mía parecía estar entera y no tener ningún daño de ese tipo.

Me quité el casco y todo el personal sanitario se arremolinó expectante para verlo. La cara de asombro de todos sólo fue comparable a la mía cuando solté la cincha de sujeción de debajo de mi barbilla y el casco se separó en dos. Se había abierto como un melón y me quedé con una parte en cada mano. Pero en mi cabeza no tenía ni el más mínimo rasguño. El susodicho había salvado mi vida. El motivo de mi aturdimiento no fue otro que el fuerte impacto de mi cabeza contra en suelo. No olvidaré jamás ni la imagen de la rueda fuera de la carretera, ni el sonido bronco y seco del golpe del casco en el suelo.

̶ “Estoy federado», dije, recordando todo aquello relativo al seguro médico que había leído en la página de la federación de ciclismo y que jamás pensé en tener que utilizar.

̶ «Pues menos mal», dijo la enfermera, “porque si no, además de haberte caído, tendrías que pagar el transporte en ambulancia. Vienen a ser unos doscientos euros”.

̶ «¿Cómo?», dije asombrado.

̶ «Y da gracias que no es la medicalizada, que si no serían cuatrocientos».

̶ «Atiza, menos mal», pensé. Al estar federado, tuve la posibilidad de elegir hasta el centro al que quería que me llevasen. Una vez en la Clínica Santa Catalina, todo fue distinto. El equipo médico me atendió, bueno, me quedo corto, me arropó, y entre todos me hicieron sentir mucho mejor. Era el momento de llamar a casa. Cuando saqué el móvil del bolsillo trasero del maillot, descubrí que la carcasa del aparato estaba completamente rasgada. Se había arrastrado por el asfalto conmigo y estaba envuelta en una masa viscosa de lo que un día tuvo que ser un plátano. Todavía hoy en día la mantengo a modo de recordatorio.

̶ “Hasta en el móvil tengo arañazos…” Y me empecé a reír, a reír sin parar, de nervios, claro, y de tener la certeza de que había escapado con vida del accidente. Con eso sólo ya me sentía feliz.

El diagnóstico fue benigno. Con todo el castigo al que sometí a mi cuerpo, aparte de las múltiples contusiones repartidas desde el cuello al tobillo, de las siete radiografías que me tuvieron que hacer en ninguna encontraron rotura, salvo en el hombro. No habría manera de evitar el quirófano. Sin embargo, ni la cadera ni las costillas tenían daños más allá de múltiples contusiones.

2014-02-02 Alberto Contador y compañeros en Santiago del Teide, Tenerife

Alberto Contador en Santiago del Teide sin casco, Tenerife

Estuve una semana sin poder moverme de la cama, porque si el día del accidente el dolor era inmenso, a la mañana siguiente éste era aún mayor y no era capaz ni de girarme en la cama. A la semana ya me podía levantar, aunque no vestirme ni ducharme solo, además de caminar como Chiquito de la Calzada haciendo el «fistro duodenal».

La operación fue un éxito. El equipo de traumatología del doctor  Dr. Isidro Rodríguez hizo lo que mejor sabe hacer y me recuperé más pronto que tarde. El proceso llevó tres meses y medio, entre post-operatorio, rehabilitación y recuperación del tono muscular. Como secuelas me quedaron unas marcas para siempre en rodillas y codos y un hematoma perpetuo en la cadera.

Ni qué decir tiene que cada vez que salgo de la ducha y me miro en el espejo, cuando se disuelve el vaho, me descubro haciendo un gesto de negación con la cabeza al ver el bulto de la placa de titanio que hubo que ponerme en la clavícula para arreglar el desastre. Pienso entonces en lo caro que me podía haber costado una negligencia como la que cometí (mirar atrás y perder de vista la carretera). Pero como soy español y ejerzo de ello, sólo saco conclusiones de las cosas malas e intento ver lo positivo que hay en ellas. Conclusiones:

  • Cuando vayáis encima de la bici, nunca, nunca, nunca apartéis los cinco sentidos de delante, sobre todo a velocidades altas. No confiaros, el desastre nos acecha en cualquier sitio. Además, si os caéis porque os tiran será distinto porque pensaréis que hicisteis todo lo posible por no caeros; de la otra manera siempre os estaréis recordando lo negligentes que fuisteis.
  • Nunca, nunca, nunca subiros en la bicicleta sin casco; si te acostumbras no molesta y hasta lo echarás en falta si no lo llevas. En mi caso me salvó la vida. A pedaleandoporcanarias le entristece ver como los «pro» que están entrenando por nuestras islas, en muchos casos no lo llevan puesto. Nos parece un acto de irresponsabilidad por su parte tremendo, por la imagen que ofrecen en bicicleta y sin el casco puesto. Lo utilizan, como obligatorio que es, en todas las competiciones, y se olvidan de la importancia de éste en los entrenamientos. ¿Acaso no son igualmente peligrosos? Nos parece un acto de rebeldía absurda. Ellos deben ser los primeros en dar ejemplo siempre.
  • Federaos. Será un pequeño sacrificio económico, pero iréis tranquilos todo el año y os beneficiaréis en muchas cosas. La primera y fundamental, la que afecta al seguro sanitario en caso de accidente.
  • Nunca vayáis solos. En la medida en que podáis, ir siempre acompañados. A veces vamos por carreteras o pistas con muy poco tránsito, tanto de vehículos como de personas, y puede que no encontréis un ángel de la guarda, como encontré yo, que os saque del abismo.

Ojalá alguien lea estas líneas y se acuerde de ellas en el momento oportuno, aferre el manillar con fuerza y sonría después de esquivar un bache, una piedra o un conductor imprudente. Sólo por eso, daré por bien empleadas todas las vicisitudes en las que me vi envuelto. Por eso y porque no tenga que conocer, como yo, la soledad de la caída.

La lectura positiva… umm… me gustaría pensar que en el preciso momento en que impacté con el suelo y comenzaba mi pesadilla, también comenzó el sueño de pedaleandoporcanarias.

Un abrazo.

 PD: Dedicado a José Manuel Blandón, cuando marcas un teléfono desconocido en una situación desesperada, lo menos que te esperas, es encontrar un amigo. Gracias.

En la soledad de la caída Parte I

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