Los estiramientos caseros de un ciclista

De izq. a der. Nicolás, Emilio, Pedro Ramos, José Luis, Juan Luis, Gonzalo, Oscar, Pablo, Pedro Sergio y Paco el gallego. Abajo de izq. a der. Luis Cuervo y Luis el guineo.

De izq. a der. Nicolás, Emilio, Pedro Ramos, José Luis, Juan Luis, Gonzalo, Oscar, Pablo, Pedro Sergio y Paco el gallego. Abajo de izq. a der. Luis Cuervo y Luis el guineo.

Recorremos barrancos lejanos disfrutando de paisajes increíbles, mezclando lo abrupto del terreno volcánico con la dulce caricia del sol. Descubrimos parajes naturales moldeados por la presión de la evolución y saturados con tonos de colores de lo más variopinto. Gozamos de la conducción de nuestros artilugios rodantes por las enrevesadas carreteras o pistas de nuestras islas, permitiéndonos a veces la contemplación de rincones prohibidos para las personas sedentarias que nunca fuimos.

Pedro Sergio, Gonzalo y Paco el gallego, buenos  ciclistas y grandes amigos de pedaleando

Pedro Sergio, Gonzalo y Paco el gallego, buenos ciclistas y grandes amigos de pedaleando

Sufrimos con el calor canalla de las vertientes sur de las islas o nos encogemos de frío, al atravesar  la cara escondida de cualquier volcán, en las zonas más perezosas de rendirse al calor matutino.

Incluso fantaseamos con el compañero, en un piscolabis escondido y recóndito, lejos del bullicio turístico del que tanto huimos a veces, sobre pasajes ocurridos antiguamente, cuando eramos un poco más jóvenes. Y nos enzarzamos en discusiones absurdas, donde soltamos bravuconadas, sobre cualquier tema trivial sin importancia, ni similitud con lo meramente ciclista.

Pero sin duda el mejor momento, el que no tiene parangón con ningún otro de los antes señalados, es el instante que precede a la llegada a tu dulce hogar, más o menos por el mediodía y con una cornada, digamos severa, en las dos piernas.

Ya te empiezas a mosquear al oír los primeros gritos en el ascensor… ¡gruppp!, tragas saliva –creo que eso es en mi casa–. Cuando llegas a tu piso, en el descansillo de tu casa, te cercioras de que, efectivamente, los gritos salían de lo que era tu dulce hogar la última vez que lo abandonaste. Y abres la puerta con un par, ¡pletórico!, después de una  mañana memorable; y transcribo literalmente el «dialogo» posterior:

–Hombre por fin llego el señorito. ¿Tú te crees que son horas de llegar?.

Es que…

–Ni es que, ni nada, menuda mañana me han dado tus hijos. Llevo toda la mañana limpiando, tu hijo no quiere comer y no para de pelearse con la niña, para colmo llamó tu madre, que viene esta noche… Ya podría elegir un sábado en vez del domingo, vamos digo yo. Hay que ir a la compra y terminar de limpiar los baños, que estas alimañas que tienes por hijos lo ponen todo perdido. Aparte, todavía hay que hacer la comida y las camas están sin terminar… y no pongas esa cara y ponte a trabajar, que cuando te vas con tus amigotes toda la mañana no te acuerdas de nada y me dejas aquí hecha una esclava… ¡ah!… y se me olvidaba, esta tarde he quedado con mi madre, que me voy de compras.

Disfrutando de nuestros paisajes en bicicleta

Disfrutando de nuestros paisajes en bicicleta

Y tú, que por aquel entonces ni tan siquiera has metido un pie dentro de tu casa, miras al interior de lo que era tu hogar, como un torero al coso antes de empezar la lidia, agachas la cabeza y entras a faenar.

Aquel hombre que recorrió barrancos lejanos, que descubrió parajes naturales, que vio rincones prohibidos y que fantaseó con el compañero, ahora está limpiando el baño, sudao como un pollo, vestido todavía de romano, con casco y todo, aferrándose a la escoba  para no caerse de la paliza que lleva entre pecho y espalda, desfallecido, y sin comer a las cuatro de la tarde… Aunque como todo es susceptible de empeorar, te despiertas de la siesta donde casi pierdes el conocimiento, con tu pequeño encima, más sudao todavía y con un dolor de piernas impresionante porque se te olvidó hacer los estiramientos caseros con la escoba…

Dedicado a las parejas de los ciclistas que tanto nos sufren y preocupamos con nuestra adicción a los pedales. Gracias por soportarnos.

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