Esos pequeños detalles en los que repara el ciclista

Esos pequeños detalles en los que repara el ciclista

Transitamos por la vida sin detenernos en la observación de los pequeños detalles, sutiles, disimulados en la cotidianidad de nuestros quehaceres o escondidos en lo profundo de nuestras complejas formas de entender la vida.

La bicicleta ofrece una visión distinta al aventajado observador, da la posibilidad de deleitarse en la contemplación, desnuda momentos escondidos e invisibles en otra circunstancia.

Cuando cierro la cancela de casa tras de mí siento la emoción de poner la mañana en marcha; todo está gris, el día está en sus albores. Calo el pedal, miro al frente y doy la primera pedalada. Tomo impulso e inmediatamente todo comienza a moverse, a interactuar con el paisaje, que es ahora la vida en color y movimiento. Y me empiezo a deleitar, me convierto en un cazador de momentos, a veces furtivo y sigiloso, a veces descarado y directo.

Observo al recogedor de basura, apresurado y eficiente, tratando de terminar rápido su turno para ir a su casa huyendo de su dura realidad laboral; o al obeso corredor madrugador en su pelea semanal con la báscula. Fantaseo mentalmente y me pongo a calcular, distraído, el peso que le atormenta.

Saludo con un gesto al tendero que está descargando la mercancía en su negocio, librando su batalla diaria contra la crisis que lo acosa y hastía. Mientras, voy calentando poco a poco mi perezosa musculatura, buscando una temperatura óptima. Me adelanta un grupo de jóvenes en coche, residuos de la noche que termina, llenos de inconsciencia y con la música a todo trapo, al grito de “Induráin, Induráin…” y reflexiono por ellos, que no se encuentren por el camino más problemas de los que ya llevan.

Ciclistas en la ciudad

Ciclistas en la ciudad

Llega el primer repecho, el primer escollo físico y mi corazón se queja, la sangre circula a más velocidad y no hay en mi cerebro oxígeno suficiente para malgastarlo en pequeños detalles, todo se torna más normal… Sin embargo, pronto recupero el resuello y sigo disparando mi curiosidad a discreción, mientras recorro la ciudad para mi cita semanal ineludible. La joven sentada en la parada de la guagua es ahora mi “víctima”. Con la habilidad propia de su generación, maneja su Smartphone compulsivamente, su peinado y rímel descuidado me hace imaginar una noche larga y parecen anunciar un desamor reciente. “Tú que sabrás”, le respondo a mis pensamientos. Sin ningún pudor miro descarado a la mujer madura, interesante y atractiva que cruza solitaria el semáforo, donde el color rojo me hizo detenerme. Va caminando perfumada al trabajo en unos grandes almacenes.

Y por fin me despiertan de mis pensamientos definitivamente. Un grito de júbilo me hace fijar la mirada en los colores variopintos de las llamativas ropas de mis compañeros de ruta. Mis pensamientos se desvanecen y comienza la acción. La mañana promete…

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